EL CUENTO DE LA PESETA
Erase una vez un niño que paseaba con su padre por la feria del pueblo. Era por la tarde y hacía buen tiempo. La pega la tendría que poner el niño. Todos los años, por esas fechas, llegaban las fiestas del pueblo y las calles se minaban de puestecitos ambulantes donde se podía comprar de todo. Bueno, casi de todo. Pero sí se podían comprar prendas de vestir a buen precio, adornos para la casa, juguetes para niños… y en algún que otro puestecito también hacían tatuajes y podías comprar comida rápida.
Esa misma tarde, la tarde que paseaba el padre con el hijo, había montado Omar su puestecito de trompos de madera hechos a mano como cada año. Primero iba al Ayuntamiento a pagar la tasa, cogía el permiso, montaba el puesto y por último sólo quedaba vender trompos, muchos trompos. Además, tenía trompos de todas las formas y colores; rojos, verdes, azules, naranjas, con dibujos pintados, con nombres de personas, con la punta de acero, de hierro, de platino, de cobre, con una arista, dos aristas, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez…
Maldita la hora en la que el padre salió con el hijo a pasear por la feria. Habían salido de casa temprano, antes del anochecer. Aprovecharon que ese día María, la mama del niño, tenía que trabajar en la cocina del restaurante donde llevaba ya más de diez años explotada por un mísero sueldo en condiciones de contratación irregular, pero claro, de papeles María no entendía. Pero su jefe sí, así que María a trabajar y su jefe a ganar dinero. Esa es la vida del pobre. Cuanto menos podamos tener, más riqueza amasará el rico. Pero esta guerra no toca ahora.
Antes de llegar al recinto ferial había un puestecito de cucuruchos de helados de muchos sabores y los helados a Juan, el padre protagonista secundario de esta historia, le encantaban. Tenía muchos sabores para elegir: fresa, nata, chocolate, vainilla, tutifruti, turrón, tofe, caramelo, etc… pero siempre pedía fresa con nata. A Dani, el niño protagonista principal de esta historia, no le gustaban los helados. El prefería comer una jugosa y sabrosa nube de algodón. Además, recién hecha por favor, que se nota cuando lleva un rato de terminada.
Una vez equipados con el helado y la nube de algodón, comenzaron su andadura por el recinto ferial. A buenas horas fueron estos… Pasaron muchos puestecitos de ropa, gafas, calcetines, un puestecito que pulpo asado, un pequeño kiosco donde comprar un perrito caliente y finalmente llegaron al puestecito de Omar. Creo que a día de hoy Omar sigue maldiciendo el día que montó el puestecito de trompos. Aunque realmente la culpa no fue de Omar ni de los trompos, sino de Juan, el padre del niño, y Dani, el hijo de Juan.
Como decía, iban paseando por los diferentes puestecitos hasta que llegaron al de Omar. A Dani se le antojó un trompo. Antes de continuar he de recordar que esta historia es verídica, que lo narrado aquí sucedió realmente y que los protagonistas de esta historia existen en la realidad pero con otros nombres por miedo a represalias. Aparte, esta historia nada tiene que ver con el Euro, pues en aquel entonces la peseta era la moneda oficial. Como decía, pasaban por delante del puestecito de Omar el papi y el niño cuando este dijo:
- Ah! Papá, quiero un trompo. – Dijo el nene decidido.
- ¿Cómo, un trompo ahora? – Respondió el papi con el ceño fruncido.
- Sí papa, anda, un trompo, que el Manolo tiene uno de este mismo puesto. – Le replicó el nene mientras le tiraba de la manga de la camisa mal planchada.
- ¿Y cuánto vale el trompo? – Le preguntó con tono de desacuerdo.
- Amigo, ¿cuánto valen los trompos? – Le preguntó Dani a Omar con tono chulesco.
Aquí es donde Omar cometió el error más grande ese día… porque contesto:
- Son mucho barato, bueno barato, hecho a mano, todo a mano, trompo grande, pequeño, pintado, bueno barato trompo. – Respondió este entusiasmado sin imaginarse la que se avecinaba.
- Sí, sí amigo, pero ¿cuánto valen? – Volvió a preguntar Dani impaciente mientras tiraba de la manga de la camisa del papi.
- Mucho barato, 99 peseta, barato barato, 99 peseta, sólo 99 peseta.
- Anda papá, cómprame uno, anda porfa, porfa, porfa, cómprame un trompo anda porfa, porfa, anda, que mamá me lo compra, anda papá porfa, que el Manolo tiene uno del mismo puesto, anda porfa…
- ¡Niño cállate coño! – Vociferó su padre ante la desesperación del puñetero niño mientras le miraba fijamente a los ojos desafiante y sin parpadear.
- Anda papi, anda porfa… por… fa… ¿no? – Respondió nuevamente Dani ante la reacción desmesurada, a su entender, de su padre pero con tono suave y sumiso.
- ¿Y tú para qué quieres ahora un trompo hijo? – Preguntó con tono desesperado.
- Anda papi, anda… an… da… ¿no? – Respondió ignorando el estado emocional del padre.
- Venga va, te compro un puto trompo, pero nada más. Hoy no compro nada más, ¿vale? - Contestó el papi negociador.
- Va papi, va, vale sí, va, va sí, jo! que guay!, va papi, va, chulo chulo, jo, guay, gracias papi.
- Toma veinte duros y lo compras. Anda, págale y nos vamos. – Concluyó el papi más distendido.
- Va guay, chulo, va, dame dame!! – Contestó Dani alterado por la emoción del momento mientras cogía los veinte duros en una moneda reluciente con la cara del Rey que le daba su papi.
Omar, algo atónito por las circunstancias, dio a elegir a Dani de entre todos los trompos que había en el puesto. Este se decidió por uno y… pagó. Pagó, sí, pagó. Maldita la hora a la que pagó con esa reluciente moneda de veinte duros con la cara del Rey que le dio su padre. Maldito el trompo y el puesto de trompos. Maldito también el niño y el padre.
- Dame ese que tiene la raya verde. – Le pidió Dani a Omar señalando con el dedo el último a la derecha.
- Toma. Este mucho bonito. Hecho yo. Yo. Yo hecho yo. Bonito mucho. 99 peseta. – Dijo Omar mientras llevaba a su bolsillo la reluciente moneda de veinte duros.
Durante unos instantes Dani se quedó hipnotizado con su recién adquirido trofeo. Un trompo. Un fantástico trompo como el del Manuel. Un trompo con el que jugaría horas y horas, horas y horas, y horas, y horas, horas, más horas, hasta casi alcanzar la adolescencia por lo menos… horas y horas pensaba él, horas y horas, hasta que el trompo se mareara y no pudiera dar más vueltas durante horas y horas… Tras despertar de ese momento flash de fascinación recordó que le había dado a Omar una moneda de veinte duros (cien pesetas) y este no le había devuelto la peseta. De pronto, el trompo dejó de interesarle como hasta entonces y centró su atención en la peseta que no le había devuelto Omar.
- Dame la peseta. -Le dijo Dani a Omar.
- Yo no tiene ahora peseta. No tiene cambio. – Respondió Omar.
- Vale, pero yo quiero mi peseta. – Replicó Dani.
- Yo no tiene ahora peseta, ¿tu puedes venir tarde por peseta? – Le sugirió Omar al no disponer ni de peseta ni de mejor idea para quitarse al niño de encima.
- No, dame mi peseta, yo quiero mi peseta ahora. – Volvió a responder Dani.
- ¿Puedes darle la peseta al niño que me quiero marchar de aquí, por favor? – Pregunto el papi a Omar un poco alterado.
- Yo ahora no tiene peseta. Yo da peseta después. Ahora no peseta. No tiene una peseta por el niño. – Respondió Omar sin saber hasta dónde iba a llegar esta historia.
- Jo papi, yo quiero mi peseta ahora! – Exigió Dani a Omar mientras miraba a su papi.
- Por favor chico, ¿puedes darle de una vez la peseta a mi hijo, que le hace ilusión la peseta? – Preguntó impaciente el papi a Omar nuevamente.
- Yo no tiene ahora peseta, yo da peseta más tarde, ahora no tiene peseta, no peseta, no tiene peseta, ahora peseta no puede. Yo no tiene peseta. – Repetía incansable Omar por un intento desesperado por hacerse entender que no tenía una peseta para devolvérsela al niño, al niño y al papi.
- Pero yo quiero mi peseta, es mía y yo la quiero, quiero mi pesetaaaa!!! – Increpó Dani a Omar.
- Quillo, ¿tan difícil es darle al niño una puñetera peseta, por Dios, los apóstoles y todos los santos? – Imploró el papi dirigiéndose a Omar.
- Papi, papi, pídele la peseta que yo la quiero, quiero mi peseta, mi peseta, que es mía. – Le calentaba la cabeza al papi mientras le tiraba de la manga de la camisa mal planchada.
- Joe niño!! Me estás jodiendo la feria a cuenta de la mierda de la peseta! Haz el favor de darle la peseta al niño anda. – Le volvió a replicar el papi a Omar.
- Yo no tiene ahora peseta. Yo no peseta. No peseta ahora. Ahora no peseta. Peseta ahora no. – Repetía incansablemente Omar al papi y al niño porque ni uno ni otro querían entender, y digo bien que no querían entender, porque Omar decía que NO TIENE PESETA AHORA, pero penita me da, no se enteraban de que no había peseta.
- Papi, yo quiero mi peseta, anda papi, pídele la peseta. – Volvía a repetir incesante el niño al papi mientras volvía a jalar de la manga de la camisa mal planchada.
- Por favor tío, enróllate que el niño me jode la feria, hazme el favor de darle la peseta al niño anda. – Le suplicó de buenas maneras nuevamente el papi a Omar.
- Yo ahora no tiene peseta. Luego tiene peseta, pero ahora peseta no. – Volvió a repetir Omar deseando que la tierra lo tragara.
En esos momentos pasaba por allí, pero de uniforme de policía local, Arturo, uno de los municipales del pueblo a falta de unos meses para jubilarse. Con una bocha tocinera criada a base de las matanzas de fin de semana junto a toneladas de pan de pueblo con buenos chorizos hechos a la piedra, llevaba el cinturón cerca del colapso total, la hebilla imploraba clemencia, un poco de aire para no saturar un más que viciado agujero al límite de los límites para no romperse y dejar a Arturo con el culo al aire en el sentido más literal de la palabra. Al pasar al lado del puesto de Omar no pudo evitar oir la acalorada conversación que mantenían el papi con la camisa mal planchada, el niño con el trompo en las manos y un pobre Omar que con los pocos medios que tenía intentaba hacerse entender en una situación de mulas obcecadas.
- ¿Se puede saber que ocurre aquí? – Preguntó mientras se acomodaba el pantalón a la cintura y acto seguido saludaba con gesto militar.
- Nada, que aquí el amigo no le quiere dar la peseta al niño. – Contestó el papi sin dar muchas explicaciones.
- Yo quiero mi peseta! – Le gritó el niño al guardia.
- Un momento, haya Paz. ¿Qué peseta es la que quiere el niño? – Preguntó incrédulo Arturo mientras miraba a Omar, al niño, al papi y al trompo.
- El niño le ha comprado un trompo al muchacho y no le quiere dar la peseta. – Le explicó el papi al guardia.
- Yo ahora no peseta. Yo después da peseta a niño, pero peseta ahora no, no, no tiene ahora no peseta. – Intentó explicar Omar al guardia.
- ¿Usted le debe una peseta al niño? – Preguntó a Omar y seguidamente miró al niño.
- Le he pagado con veinte duros y el trompo vale 99 pesetas. Me tiene que dar una peseta. – Contestó el nene.
- Entonces, este muchacho te tiene que dar una peseta, ¿no? – Seguía mirando a Omar y al nene como el que ve un partido de tenis.
- Yo ahora peseta no. No tiene no. Peseta no tiene peseta. Yo vende trompo pero no tiene uno peseta por niño. – Explicaba Omar.
- Pero yo quiero mi peseta! – Vociferó nuevamente Dani.
- Mire señor guardia… a mi esto me supera. El niño quiere la peseta y este hombre no se la da. Yo no se el tiempo que llevo aquí dándole vueltas una y otra vez, otra, otra y otra a cuenta de la dichosa peseta. La peseta es de mi hijo y este hombre no se la da.
- Oiga, ¿Por qué no le da la peseta al niño y terminamos con esto? – Preguntó el guardia mirando a Omar mientras se rascaba la cabeza con gesto de no entender nada.
- Yo no tiene peseta. No peseta. Yo dice una vez no peseta. Yo dice otra vez no tiene peseta. Yo dice que viene más tarde y yo da peseta, pero padre y niño no entiende que yo no peseta ahora. – Explicaba con esfuerzo Omar al guardia.
- Pero si usted le da ahora la peseta al niño acabaríamos con esta situación, ¿no es cierto? – Preguntó el señor guardia nuevamente a Omar.
- Yo ahora no tiene peseta. No puede peseta a niño. No tiene peseta ahora. – Volvió a explicar Omar a todos los presentes.
- ¿Lo ve?, eso mismo nos ha dicho antes. Y no le da la peseta al niño! – Replicó el padre de Dani.
- Yo quiero mi peseta papa! ¿Por qué no me da la peseta? – Imploró el niño mientras volvía a tirar de la manga de la camisa del padre mal planchada.
- Ya está el señor guardia intentando solucionar esto. – Le respondió el padre acariciándole la cara para tranquilizarlo.
- Oiga, yo tengo que seguir vigilando la feria y no puedo echar aquí toda la tarde. Creo que no es tan difícil de entender. El niño le ha comprado un trompo y le ha pagado con una moneda de veinte duros. El trompo vale 99 pesetas. Lo más lógico es que usted le devuelva la peseta al niño, ¿no cree? – Expuso el agente intentando acabar de una vez por todas con una situación incómoda.
- Yo explica no tiene peseta ahora. Ahora peseta no. Yo da peseta a niño más tarde. Si yo tiene peseta, yo da peseta a niño. Yo no tiene peseta. A niño yo no da peseta porque no tiene ahora peseta. Yo dice esto una vez, yo dice esto otra vez y no entiende. Yo no tiene peseta dice otra vez y no entiende.
- En ese caso no me queda más remedio que tomar nota y ponerle una sanción por incumplimiento de las normas de comercio que como usted sabrá… em… mmm… mire, ahora no recuerdo exactamente las normas de las que hablo, pero usted me entiende. El niño quiere la peseta y usted está en la obligación de dársela. Creo que, en mi humilde opinión, si usted le da la peseta al niño yo no pongo ninguna sanción y usted sigue vendiendo trompos como hasta ahora, ¿le parece bien? – Concluyó el guardia.
- ¡¡Yo encuentra una peseta para dar niño!! Sí!! sí, yo tiene peseta para niño!! yo tiene una peseta!! – Gritó Omar pletórico de felicidad como si hubiese encontrado oro. Gracias a esa insignificante peseta todos sus problemas se disiparían y el mal trago por el que estaba pasando quedaría en su memoria como un mal recuerdo que con el pasar de los años tomaría tintes de anécdota para contar a sus descendientes más cercanos…
Gracias a Dios, o a las circunstancias, o a la casualidad, o a que simplemente se encontró una peseta en su bolsillo, Omar pudo hacer entrega a Dani de su tan ansiada peseta. Todos parecían contentos porque, en mayor o menor medida, afectaba a cada uno a su manera. A Dani porque era un niño, al papi porque era el papi del niño, al guardia porque era el guardia que estaba aguantando estoicamente el pantalón con el cinturón a punto de reventar… a Omar porque el pobre hombre no tenía la peseta, y al trompo porque estaba sujeto en la mano de Dani; a los puestos de al lado que les estaba costando entender lo que ocurría, a los viandantes de la periferia que les llamaba la atención la acalorada conversación que mantenían el padre, el niño, el guardia y Omar… todo esto,sí, todo esto, por fin, había llegado a su fin. Se acabó el sufrimiento, la desesperación, la impaciencia, las ganas de ver la feria, el bullicio, la música de los “cacharritos”… por fin el río volvía a su cauce.
Dani, impregnado de fascinación con los ojos entreabiertos, haciéndole mentalmente una radiografía a la peseta que portaba en la mano, para sorpresa de todos los allí presentes, la besó, la volvió a mirar fijamente y, haciendo un movimiento circular, catapultó la moneda lo más lejos que pudo…
Que me de buena suerte!!!